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  • jul13

    El remedio y la enfermedad

    Publicado por Primo González

    Ahora que después de mucho porfiar y de interminables dudas el presidente Rajoy se ha decidido a tomar medidas para arreglar la economía son muchos los que, a la vista del menú propuesto, se preguntan si no será peor el remedio que la enfermedad, un dicho muy español que posiblemente le viene al dedo a la actual tesitura nacional. La lista de damnificados es amplia y en los próximos días se irá conociendo la profundidad de la curación, aunque las dosis anunciadas son bastante elevadas. Quizás sean medicinas que resucitan a un muerto, como también dice el catálogo de frases hechas con las que los españoles solemos ahorrar explicaciones y rodeos para definir gráficamente cualquier situación. Lo que sospechan algunos es que, más que resucitar a un muerto, puedan rematar al herido.

    La reacción a las propuestas del Gobierno ha sido dispar. El país está ya bastante asustado y no tiene gran capacidad de reacción, de modo que la respuesta de la población ha sido más bien de resignación, con algunas salvedades muy concretas de colectivos bien pertrechados, como el de las organizaciones de funcionarios, cuya rebaja de privilegios es uno de los objetivos inequívocos del plan de saneamiento que ofrece Rajoy. Las organizaciones económicas internacionales han acogido con positiva benevolencia el programa de actuación, no en vano este se basa en una serie de recomendaciones y sugerencias emanadas de los mismos organismos.

    Para los españoles en general, el programa de Rajoy supone entrar en una dinámica completamente novedosa, la de vivir al dictado de lo que nos imponen (hasta hace poco nos aconsejaban) las organizaciones internacionales y, en especial, el club europeo del que formamos parte, que a resultas de esta crisis se ha personado en algunas instituciones clave del país para quedarse, como es el caso del Banco de España, hasta hace poco la joya de nuestras instituciones. Resulta patético escuchar al presidente del Gobierno español afirmar sin rodeos ni medias tintas que el país tiene que hacer cosas incluso si no le gustan porque ya no estamos en posición de poder elegir por nosotros mismos. Terrible afirmación cuando se contempla desde una óptica estrictamente política.

    En cuanto a los expertos, la reacción ha sido tibiamente positiva pero con la pregunta obligada de si estas medidas servirán para los fines propuestos, que es levantar a la economía para que eche a andar de nuevo y, sobre todo, en qué plazo de tiempo. Hay una visión casi unánime que dice que a corto plazo la situación va a empeorar y se empieza a dar por perdido el año 2013, en el que supuestamente vamos a seguir en recesión o con estancamiento económico.

    En resumen, el programa de Rajoy no ha entusiasmado a casi nadie, pero tampoco cuenta con adversarios radicales y acérrimos. Por metodología convencional, como reacción de oficio, los sindicatos han pintado un panorama espectral y anuncian huelgas y movilizaciones, pero es evidente que lo hacen con la boca pequeña ya que no parece existir el clima levantisco que pudiera ser el caldo de cultivo de un éxito de convocatoria. A lo largo de esta crisis, los sindicatos más importantes del país no han logrado definir una estrategia anti crisis, más allá de sus tradicionales recursos al aumento del gasto público para garantizar la solidaridad con los colectivos más afectados por la crisis. Más gasto público, más intervención, más progresividad fiscal,…, justo lo contrario de lo que están haciendo las economías más competitivas del mundo occidental.

    Naturalmente, un mensaje de este porte ha tenido muy poco éxito de audiencia y nula respuesta en quienes podrían haberlo apoyado por la vía de los hechos, ya que la doctrina oficial de los socialistas y del PP está muy alejada de los postulados convencionales del sindicalismo oficial español. Pero si esta no es la vía, la sociedad española se ha resignado a admitir que el acceso a un estado de bienestar económico y con oportunidades de empleo es el final inexcusable que justifica a corto plazo los sacrificios. Siempre, claro está, que el tiempo de espera no sea excesivo.

     

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