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    Rajoy nos debe una explicación

    Publicado por Primo González

    Las medidas que ha aprobado el Gobierno el pasado viernes y las que se dispone a aprobar en esta misma semana, el jueves, son de importancia y alcance suficiente como para que el Gobierno hubiera cuidado un poco más las formas. Se suele quejar el PP que Mariano Rajoy es una persona poco comprendida por la ciudadanía y por los profesionales de la información. Pero esa leyenda puede aumentar hasta lo insoportable si Rajoy mantiene un perfil tan alejado de la notoriedad. Rajoy en persona debería haber salido ya, antes del viernes pasado o el mismo día de la aprobación de las medidas, a explicar al país la gravedad del momento y la actuación gubernamental destinada a paliar los problemas. Los momentos dramáticos, y el actual lo es para la economía del país, requieren actuaciones contundentes. Refuerzan la credibilidad de los Gobiernos y de sus propuestas además de insuflar ánimos a los ciudadanos.

    Aquí se trata de dar la cara, primero, y de explicar cómo es posible que en apenas doce días, los que median entre la sesión de investidura del pasado 19 de diciembre y la fecha de la reunión del Consejo de Ministros, el pasado 30 de diciembre, el político conservador en cuyas manos se ha echado el país ha podido cambiar tan drásticamente de parecer, dejando de lado aquella afirmación de que “mi intención es no subir los impuestos”. La distancia entre las palabras y los hechos pocas veces había sido tan abismal en nuestra democracia reciente.

    Ahora, dejando de lado las contradicciones entre programas y políticas, lo que demanda el país es un esfuerzo de liderazgo. No se puede entrar tan abiertamente en contradicciones con uno mismo sin explicar a la gente las razones que han llevado a semejante cambio de políticas en lo económico y, a la postre, en lo político. Casi sorprende más la insistencia de los populares, incluido el propio Rajoy, en desmentir a lo largo de toda su campaña electoral que se fueran a subir impuestos que las propias decisiones adoptadas una vez en el poder.

    Para cualquiera con dos dedos de frente era evidente que el reequilibrio presupuestario sólo puede llevarse a la práctica mediante una combinada actuación en paralelo tanto sobre los gastos, con recortes drásticos y a ser posibles selectivos, y sobre los ingresos, sumando recaudación de forma que pueda resultar menos lesiva para la sociedad, en especial para los menos favorecidos y para los sectores más dinámicos del país, ya que en ambos extremos residen justificaciones importantes que aconsejan modular muy bien el apretón tributario. Malo es un incremento de la presión fiscal sobre los sectores de renta más baja, ya que en un país con unos 5 millones de parados resulta muy probable que las bolsas de pobreza pueden verse castigadas por un incremento general de los tributos que gravan la renta.

    En cuanto a la otra parte de la escala social, reforzar la presión fiscal de forma agresiva sobre quienes pueden crear riqueza sería bastante inoportuno. El anterior Gobierno quiso hacer en su momento, cuando se encontraba ya al borde de la puerta de salida, un amago de impuesto para los ricos, intento que fracasó por su torpe presentación pública, claramente sesgada por los pronunciamientos demagógicos. Tan cacareada tributación sobre “los que más tienen” fue soslayada por el Gobierno que teóricamente tenía los atributos ideológicos apropiados para llevar a cabo esa función. No lo hizo así y en la actualidad los estamentos más representativos del partido que ha gobernado el país en los últimos siete años lo lamentan y se lo reprochan a quienes tuvieron responsabilidades de poder, básicamente Zapatero y Rubalcaba.

    La tarea de distribuir la nueva carga fiscal se presenta, en suma, muy delicada, aunque el Gobierno ha mostrado un gran cuidado en introducir una modulación progresiva en los recargos del IRPF, de forma que la mayor exigencia recaudatoria bascule hacia los contribuyentes con mayor capacidad de ingresos, pero sin alcanzar niveles que pudieran considerarse confiscatorios. El hecho de que el recargo sea temporal, dos ejercicios, puede ser por sí mismo un buen argumento que suavice las críticas.

     

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