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  • ene18

    Hollywood desnortado

    Publicado por Daniel Martín

    No creo en los premios. Como Woody Allen, pienso que nadie tiene licencia para decidir qué película es mejor que otra, salvo el espectador después de haberlas visto, y sólo dentro de su inviolable libertad de conciencia. Sin embargo, mi condición de crítico me obliga a seguir la actualidad de espectáculos de masas como los Globos de Oro.

    Después de haberme aburrido soberanamente viendo parte de la entrega de premios, me puse a navegar por Internet para leer noticias sobre el evento. Resulta revelador que haya más material sobre el discurso de Jodie Foster sobre su identidad sexual, la relación de Robert Pattinson con Kristen Stewart o la derrota de Sofia Vergara que sobre los premios cinematográficos y televisivos en sí. Así funcionan las cosas en el siglo XXI.

    Anécdotas al margen, la gran sorpresa fue que “Argo” se impuso a “Lincoln”. También resulta ilustrativo que un filme con protagonista de plastilina se imponga a otro con actor grandioso, ya mítico a pesar de estar a media carrera. “Argo” es una buena película, pero Ben Affleck, director, aún no se ha dado cuenta de que no es un buen actor, mucho menos un buen protagonista. No debe preocuparse, porque ya “Titanic” arrasó en los Oscar sin guión ni protagonista masculino.

    Lo que sí podría ser motivo de preocupación es haber triunfado en la mal llamada “antesala” de los Oscar. Rara vez Globos de Oro y Oscar coinciden, a pesar de que los primeros, por su propia esencia, premian al doble de películas. En este caso, junto a “Argo”, la otra gran triunfadora ha sido “Los miserables”, también aspirante a muchos premios de la Academia.

    Mientras esperamos a que lleguen, todos de golpe, los estrenos de las otras grandes candidatas a los Oscar, hay que conformarse con lo que nos echan. De tal calaña que, como la cualidad etérea de los premios y su extraña capacidad promocional de asuntos extracinematográficos, sirven de buena muestra de cómo (no) funciona el actual Hollywood.

    El pasado fin de semana vi “Jack Reacher”, el último engendro de Tom Cruise. Realizado a mayor gloria del rostro más famoso de la Cienciología, es un drama con aires de thriller que los trailers vendieron como peli de acción. La megalomanía de Cruise llega a tales extremos que todos los géneros le parecen pocos, y por eso sus últimas producciones no se conforman con ser simples películas. Quieren ser grandísimas obras maestras.

    El problema es que, desde que no ganó el Oscar por “Nacido el 4 de julio”, Tom Cruise se convirtió en el gran impulsor de su propia carrera. Productor y estrella, su cine tiene un indeleble sello cuya única esencia, olor y presencia es el propio Cruise. Así, con metrajes propios de Oscar, guiones de opereta y mucho efecto especial, nos entrega unos plomizos filmes que, eso parece, le dan bastante dinero. Mientras, el cine pierde espectadores y Hollywood sufre la escasez de auténticas estrellas.

    Así van las cosas: mientras los tradicionales vehículos promocionales traicionan su razón de ser y se convierten en un elemento más de la prensa chismosa, Hollywood sufre la peor crisis creativa de su Historia al tiempo que las escasas estrellas que quedan se creen invulnerables por su divinidad mediática. Todo ello se traduce en mal cine. Enfermedad sin remedio, pues no creo que Haneke, Almodóvar o Von Trier vayan a hacer cine para aquellos que lo consideramos el mejor entretenimiento, la más eficaz de las distracciones.

    Por lo menos queda la televisión de calidad, como la -está sí- bien premiada “Homeland”.

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