NOTA PREVIA: Aunque, en sentido estricto, el siguiente artículo trate de una serie de televisión, su inmensa calidad la hace merecedora de un rincón en este blog que, a la postre, trata de la mezcla de drama e imagen.
Algunas personas comienzan a decir que vivimos una “Edad de Oro” de las series de televisión. Aunque dicha afirmación parece un tanto osada en cuanto ignora gran parte del pasado narrativo, dramático o cómico, de la tele, lo que sí parece cierto es que los más grandes guionistas del momento parecen haberse centrado en este medio que ofrece más garantías que el cine, comandado ahora por ejecutivos sin idea alguna sobre lo que significa el séptimo arte.
En los últimos años han surgido en la tele genios como Aaron Sorkin, con sus magistrales “El ala oeste de la Casa Blanca” o “The Newsroom”, o J.J. Abrams, el rey del nuevo género de la serie interruptus, al tiempo que numerosas series, tan diferentes como “House”, “CSI”, “Glee” o “Gossip Girl”, se han convertido en referencia indispensable para la vida de miles de espectadores.
Entre los genios creadores de la nueva televisión -¡Cuánto debemos a la HBO!- sobresale la figura de David Simon, un desconocido en España, pero creador e impulsor de una de las mejores que nunca haya visto, “The Wire”. En ella se cuenta la vida de una serie de polis, traficantes, sintecho, políticos, estibadores, etc. para ofrecer una imagen de conjunto de una Baltimore en plena decadencia, una ciudad llena de contrastes que parece más cerca del apocalipsis que de la redención.
“The Wire”, antes que nada, es magnífica porque, como “El ala Oeste”, cambia completamente la concepción de una serie televisiva: no hay dos temporadas, no hay dos capítulos que se parezcan. Cada uno es único, sorprendente, fresco, deprimente. Aparte, mezclando todos los géneros consigue no pertenecer a ninguno, porque a la postre es un retrato magnífico de un sinnúmero de personajes que viven una vida difícil, cercana, real… “The Wire” parece una novela decimonónica renacida en el siglo XXI para la pequeña pantalla.
La fuerza de la serie reside, entonces, en su miríada de personajes tan hondos como se pueda concebir. Desde McNulty, el poli irlandés borracho, hasta Bubbles, el yonqui de buen corazón y futuro incierto, Simon ha construido un pequeño submundo que ofrece todos los lados oscuros que pueden habitar una ciudad de Occidente. Siempre en constante lucha por la vida, a veces contra ella, con motivaciones tan diferentes como la vida misma, estos seres humanos de carne y hueso ofrecen un magnífico mas aterrador espectáculo que entretiene, critica y hace reflexionar.
Aparte de su genio creador, la gran virtud de David Simon ha sido rodearse de un espléndido elenco de colaboradores: guionistas, directores, responsables del casting, editores, actores… todos bordan sus trabajos para ofrecer un vehículo impecable, una serie indispensable para todos aquellos que quieran entender mejor el mundo en el que vivimos.
“The Wire” es una serie única. Sus cinco temporadas son idolatradas por una minoría de espectadores que buscan, sin encontrarlo, buen cine. Es tan buena que ya es objeto de estudio en algunas universidades, y no solo en las facultades de comunicación audiovisual. Este magnífico ejercicio de escritura dramática es un compendio de los contrastes de la sociedad occidental en su lado más trágico y excesivo: drogas, alcohol, lucha por el poder, corrupción política, corrupción policial, corrupción educativa… corrupción por todos lados. No es extraño, entonces, que la mejor serie televisiva de la Historia -junto a “El ala oeste de la Casa Blanca”- no sea objeto de mimo en los grandes medios de masas. Es una serie para la ilustre minoría que quiere ver, aprender, reflexionar y cambiar las cosas.




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