La primera advertencia para los que quieran ir a ver “El Hobbit: Un viaje inesperado” es que hay que ir bien comido y bebido y, sobre todo, bien evacuado. En tiempo absoluto, el filme dura casi tres horas; en relativo, toda una vida. Si la eterna “El señor de los anillos” se basaba en los tres gruesos volúmenes ideados por Tolkien, esta nueva trilogía cinematográfica pergeñada por Peter Jackson se basa en una novela de unas 300 páginas. Así, la primera entrega de la nueva serie se alarga hasta el infinito y más allá. A partir de ahí, cualquier parecido con el entretenimiento es pura coincidencia.
Jackson había afirmado tras triunfar en los Oscar que jamás rodaría esta precuela. Sin embargo, poderoso caballero es don dinero, ahí está, al frente de una producción de cientos de millones de dólares cuyo principal cometido, y nadie parece decir lo contrario, es alargar el negocio que, desde luego, será altamente lucrativo. Si antaño los productores sintetizaban grandes obras literarias para hacer buenas pelis, ahora alargan otras bastante menores para satisfacer a un mercado que, bien compartimentado en fanáticos de temas en concreto, ha recibido con algarabía el nuevo título del megalómano director.
“El Hobbit”, para los que no somos aficionados a los elfos, los orcos y demás criaturas del universo del Tolkien, es más de lo mismo. Hay una lucha entre el bien y el mal tan obvia, tan vacua, que uno se pregunta si realmente hemos llegado a un punto intelectual tan bajo como para que estos subproductos lleguen a tantísima gente. El sistema educativo, entonces, es peor de lo que parecía, circunstancia trágica y terrorífica.
“El Hobbit” no tiene argumento. Unos enanos, acompañados de un mago y un hobbit, caminan mucho para recuperar su viejo reino. Se enfrentan a clónicos trolls, orcos y trasgos y, siempre corriendo mucho, sin que muera ninguno (?), van hacia adelante sin que uno se entere muy bien de si algún personaje está mínimamente construido. Menos mal que aparece Golum, personaje entrañable, bien construido digitalmente, la mejor interpretación del filme.
Lo peor de “El Hobbit”, empero, son sus efectos. Jackson ha rodado en 3D y, según su iniciativa, a 48 fotogramas por segundo, el doble de lo habitual. Esto da una sensación como si, según dijo un crítico norteamericano, estuviésemos asistiendo a un episodio de Benny Hill. Aparte, cuando los primeros planos se mezclan con la acción, las transparencias tienen aspecto de los peores años 70. A eso se une un montaje extraño, confuso, precipitado, con lo que al cansancio del metraje se une el mareo de las prisas que no llevan a ninguna parte. Aunque los fans están elevando a la película a categorías impensables, esta no es, de ninguna manera, mejor en ningún sentido a las teleseries cutres de los 80.
“El Hobbit” ha llegado para quedarse, por lo menos durante un par de años. Si “El señor de los anillos” aburría, esto es lo mismo pero sin trama. La balbuciente novela de Tolkien apenas da para una película, mucho menos para tres larguísimas. Todo apenas importa ante el marketing, un público enfervorecido que acepta carbón como si fuese oro y unos resultados en taquilla que compensarán con creces la inversión realizada. Mientras tanto, el cine y los auténticos aficionados agonizan… la mayoría de soporífero y laminador aburrimiento.




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