Barbara Stanwyck fue una gran estrella de la televisión en los años 60. Fue de esas figuras de Hollywood que supo dar el salto al nuevo medio. En esa mágica década destaca su papel en “Valle de pasiones”. Durante los 70, prácticamente desapareció. Y en los 80, a punto de cumplir los ídem, volvió a triunfar en “El pájaro espino”, “Dinastía” y “Los Colby”.
Reducir, empero, la carrera de tan magna estrella a su crepuscular carrera televisiva es cometer una enorme injusticia. Barbara Stanwyck, de extraña belleza, de enorme magnetismo (sin ser guapísima, era tan buena actriz que te crees que es la más bella del mundo), fue una de las principales actrices del Hollywood de los años 40, es decir, la mejor época de la meca del cine.
Nacida en 1907, originaria de Brooklyn, comenzó trabajando como telefonista, pero consiguió entrar como chica de coro en Broadway, y de ahí dio el salto a Hollywood donde, con gran dificultad, poco a poco fue haciéndose un sitio entre la élite.
Sus primeras películas son bastante flojas. Tuvo que cumplir 30 años para comenzar a despuntar. Primero llegó “Las tres noches de Eva”, donde pasó de mujer fatal a enamorada de Henry Fonda. A continuación se convirtió en la perfecta pareja de Gary Cooper en “Juan Nadie” y “Bola de fuego”, dos de las mejores comedias de siempre.
Con su cara única, de extraño atractivo, su irregular nariz y un cuerpo delgado mas rotundo, Barbara Stanwyck se caracterizó siempre por encarnar a mujeres fuertes, independientes, cínicas e implacables, que solo al final se redimían al descubrir el amor verdadero.
Pero entonces llegó “Perdición”, donde encarnó a una ama de casa que seducía a Fred MacMurray para asesinar y cobrar el seguro de su marido. Aquí no hubo redención, y la Stanwyck se convirtió en la mujer fatal por excelencia.
A partir de ahí, continuó su carrera, con más malas películas que buenas, pero a la postre consiguió ser pareja de cartel de prácticamente todos los grandes galanes de la época. Y, cuando el cine no dio más de sí, comenzó su exitosa carrera televisiva.
Había sido la diva de directores de la talla de Frank Capra, Howard Hawks o Billy Wilder. Aunque no es de las estrellas más conocidas de la Edad de Oro, fue un mito viviente, la mujer que consiguió que una pulsera en el tobillo volviese loco a un agente de seguros y a los espectadores de las salas de medio mundo.



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