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  • may11

    Los de American Pie se suicidan

    Publicado por Daniel Martín

    En 1978 se estrenaron “Grease” y “Desmadre a la americana”. Las dos significaron el culmen y consolidación de un subgénero de estudiantes hormonados, amantes de la juerga y completamente subversivos frente al poder establecido de los centros educativos. Además, la segunda, dirigida, por John Landis, estableció como base un humor grueso mas ingenioso, una constante sucesión de gags donde se mezclaban lo verde y lo marrón sin dejar ningún resquicio a la decencia. Era puro cine gamberro.

    Las pelis adolescentes, o “teen movies”, situadas indistintamente en un instituto o en una universidad, menudearon en los 80 con desigual calidad y una tendencia creciente a repetirse hasta la extenuación. En esa década sólo la aparición de John Cusack –entre sus primeros trabajos destacan “Juegos de amor en la universidad” o “Un gran amor”– dignificaba medianamente la cosa y chocarrerías como “Porky´s” o “La revancha de los novatos” tuvieron un éxito fugaz y felizmente olvidado. Como en las dos citadas de Cusack o en la curiosa “La chica de rosa”, el género tenía más calidad cuanto más se acercaba a la romanticomedia y más se alejaba del arriesgado humor de John Belushi y sus colegas de Delta Tau Chi.

    En los 90, el género, ya de por sí agotado, arrinconado por el creciente puritanismo yanqui, vivió una época oscura, hasta el punto de que “Scream”, una de miedo, fuese su mejor representante. Hasta 1999, cuando se estrenaron la espléndidamente shakespeariana “10 razones para odiarte” y “American Pie”, gamberra, fresca, un tanto subversiva, un renacimiento de un género que nunca alcanzará las cotas de “Desmadre a la americana”.

    Pero “American Pie” volvía a ser valiente, a dar un paso más allá de lo aconsejado, a reírse de las hormonas y de los puritanos. A partir de su éxito, su segunda parte, “Viaje de pirados” y “Esta no es otra estúpida película americana” supusieron un soplo de aire fresco dentro de este subgénero de público bien localizado, humor a menudo un tanto grosero y tramas repetitivas que, no obstante, tenían su gracia.

    Inevitablemente, las “teen movies” volvieron a sumergirse en la absoluta mediocridad, a menudo en la pésima calidad. “American Pie” tuvo mil secuelas baratísimas. Este año, los ya crecidos actores del primer “American Pie” decidieron reunirse para dar un paso más allá en este tipo de comedias y reinventar el género.

    “American Pie: El reencuentro” reúne a Jason Biggs, Sean Scott Williams, Alyson Hannigan y otros muchos para contarnos qué ha sido de aquellos viejos adolescentes presos de las hormonas. Ya son hombres adultos, muchos de ellos padres de familia, pero sin embargo van a correrse una penúltima juerga. La idea parece buena. El resultado, un completo fiasco. Es un filme tremendamente cobarde.

    Por ejemplo, uno de los personajes está casado con una mujer que solo piensa en ver la tele. No parece feliz. Se reencuentra con su antigua novia… y no pasa nada. Si en el filme alguien pone los cuernos, tan solo lo hace a su novia, nunca a su esposa, para que nadie se eche las manos a la cabeza. Si una adolescente intenta seducir a alguno de los protagonistas, se aclara que acaba de cumplir 18 años, para que nadie se moleste. Todos beben, pero ninguno fuma. Son todos personajes modélicos.

    Sí, Stifler sigue siendo un gilipollas capaz de cagar en las cervezas de unos cahavalines. Y hay un par de tetillas por acá, un pene por allá. Pero esta nueva entrega de “American Pie” rehúye la comedia gamberra, y tampoco se atreve a ahondar en los conflictos de los que andan en torno a los 30 años. Todo es muy suave, muy lindo, todo termina suficientemente bien, con mucha ternura y ninguna mala leche. ¿En eso se ha quedado aquella película donde Finch se tiraba a la madre de Stifler o Michelle nos sorprendía al reconocer que su clarinete le servía para algo más que hacer música?

    “American Pie: El reencuentro” muestra un nuevo tipo de puritanismo. Supongo que Biggs, Williams y compañía, muchos de ellos productores del filme, no están dispuestos a que sus descendientes les vean hacer el salvaje como si fuesen unos inmaduros crónicos. Ni Adam Sandler se habría atrevido a hacer un filme tan empalagoso. Y, ciertamente, se echa en falta la existencia de filmes que, al modo de “Desmadre a la americana”, muestren de manera subversiva las carencias de la gente de 30 ó 40 años. Algo así como lo que supuso el primer “Resacón en Las Vegas”.

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